Alejandro Rosemberg
 
OBRAS EN EXPOSICIÓN
 
MR4
MR4
Nauraleza muerta IV
Nauraleza muerta IV
Dibujo III
Dibujo III

 
 
Nauraleza muerta II
Nauraleza muerta II
Nauraleza muerta III
Nauraleza muerta III
Nauraleza muerta I
Nauraleza muerta I

 
 
Nauraleza muerta V
Nauraleza muerta V
Serie mudanzas - III
Serie mudanzas - III
Serie Der - VI
Serie Der - VI

 
 
Sin titulo
Sin titulo
Sin titulo II
Sin titulo II
Sin titulo III
Sin titulo III

 
 
Sin titulo I
Sin titulo I
Serie Der - V
Serie Der - V
Serie Der - IV
Serie Der - IV

 
 
Serie Der - III
Serie Der - III
Dibujo II
Dibujo II
Serie Der - II
Serie Der - II

 
 
Serie Der - I
Serie Der - I
Serie mudanzas - I
Serie mudanzas - I
Serie mudanzas - II
Serie mudanzas - II

 
 
Dibujo I
Dibujo I
MR1
MR1
JC6
JC6

 
 
MR5
MR5
MR3
MR3
JC1
JC1

 
 
A1
A1
CE1
CE1
B1
B1

 
 
 
PRESENTACIÓN
 
Nace en 1981 en Córdoba, Argentina, donde cursa la carrera de Artes Plásticas en la Universidad Nacional de Córdoba y estudia pintura con el maestro Claudio Bogino. Participa en diversas exposiciones y ferias internacionales tanto en el país como en el exterior, con presencia permanente en la Lincoln Center Art Gallery en Miami, EEUU. Sus pinturas se encuentran en galerías y colecciones particulares de Argentina, China, Nueva Zelanda, Panamá, Italia y EEUU.

La primera vez que tomé contacto con la obra de Alejandro Rosemberg viví una singular experiencia. Mientras mi inteligencia superficial me hablaba de habilidad y oficio, mi cerebro profundo me llevaba al recuerdo de ciertas proposiciones de la filosofía. Las ideas que Schopenahuer dicta en “El mundo como voluntad y representación” se me asociaban a lo más interesante en el pensamiento del obispo Berkley. Si toda realidad existe en relación al sujeto que percibe (y este criterio ha demostrado a través del tiempo su capacidad de resistir sesudos análisis), debemos aceptar que el mundo visual implica un criterio de representación relativamente compartido y múltiples modos en que consigue ser expresado. De ahí la validez de tantos idiomas, diferentes entre sí pero aplicados a la traducción de aquello que todos percibimos mas o menos del mismo modo y reflejamos sin embargo cada uno de acuerdo a su carácter. Como agudamente observa el historiador francés Jaques Le Goff la imaginación colectiva se nutre de leyendas y de mitos. A su vez estos viven transformaciones que los enriquecen y los completan. La sensación se transmuta en idea, y esta en palabras e imágenes. Se podría definir como el sistema de sueños de una sociedad, más aún, de una entera civilización. Un sistema –digámoslo- como el capaz de transformar la realidad en apasionadas imágenes mentales.
Estas misteriosas secuencias se rigen por leyes propias y secretas. Y nos llevan de un eslabón al otro sin indicarnos, si lo hubiera, donde está el origen. Tal enigma conservará sus virtudes con independencia de los méritos del artista, pero cuando este acepta su rol de traductor nos eleva con él a otras esferas. Somos tan inteligentes como el pensamiento que comprendemos y tan sensibles como la imagen que nos hiere.
La obra de arte es como cualquier otro producto humano una modificación de experiencias preexistentes, el intento de buscar y encontrar el punto de encuentro entre esas experiencias y la capacidad –si la hubiera- de formular nuevas realidades o darnos otra luz sobre las supuestamente conocidas. El artista es sujeto y espacio donde se sintetiza una percepción al mismo tiempo colectiva y milenaria. Cuando nos conmovemos frente a su obra hemos cumplido dos procesos igualmente complejos. Por un lado hemos sido iluminados y por el otro hemos quedado ligados a otro –el artista- y a otros interlocutores como nosotros de un modo religioso, en el sentido literal de la palabra. En aspectos quizás mas obvios o evidentes la obra de Alejandro Rosemberg reformula una discusión con respecto a formas y contenidos y pone en claro que el carácter y profundidad de unas y otras encuentra correspondencias y armonías que pasan por alto en su caso, usos y costumbres, en favor de hallazgos mas trascendentales.
Hay que creerle. Se podría preguntar qué ha pasado con 100 años de vanguardias. Pues la respuesta es que están ahí, debidamente procesados, en camino a transformaciones que hoy es imposible prever. “El que tenga ojos para ver, que vea”. De cualquier modo podemos confiar en el viejo Goethe. El decía “el animal está instruido por sus órganos”. Al parecer se refería a los artistas que como Alejandro tienen la valentía de oír los dictados de su propio corazón y la fortaleza de cerrar los ojos a novedades que, aunque otorgan provisorio prestigio, han envejecido antes de nacer.

Arturo Hayatián.
 
 
 
 
 
 
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