José María Jabato Amado

Nombre: 
José María
Apellidos: 
Jabato Amado
Presentacion: 

CORIA.
LA FIESTA DEL JILGUEROTAURO.

En los centenarios olmos que pueblan la vera de la orilla derecha del río Alagón a su paso por Coria, y donde la ciudad, amurallada en lo alto, tiene su parque y su real de ferias, anida y cría el jilguerotauro. Este singular animal ha sido siempre tenido por sagrado y por benéfico por los corianos, pero así como los naturalistas se han roto vanamente la cabeza en busca de una hipótesis sobre su fillogénesis, así también los antropólogos se han estrellado con cualquier posible interpretación totémica de semejante devoción, sin hallar más que un natural sentimiento de delicadeza y simpatía de los corianos hacia este pajarillo autóctono de su olmeda, que saben único en Extremadura y en el mundo. Tampoco los más viejos anales registran el momento en que se descubrió la receptividad mimética del ave a la imitación de su canto por el silbo de los tamborileros de la tierra; un canto en el que, sin dejar de oírse el del jilguero, se adivina -al tener que ajustarse a la diversidad entre un pico duro y belfo carnoso- una tenue y remota connotación bovina. Pero es en esta receptividad en donde está el fundamento y el origen de la fiesta coriana del jilguerotauro. A finales de junio, cuando las crías han llegado a su plena madurez, yendo a romper el alba, bajan a la olmeda seis tamborileros - provistos solamente de sus silbos- y 24 muchachas vestidas de patata que caminan bailando a su compás. Pronto, desde los olmos, responde algún jilguerotauro nuevo, y no bien los tocantes y danzantes ven que, de rama en rama, acude a su reclamo, vuelven los pasos a la ciudad. Para que el jilguerotauro ose entrar por sus puertas y recorrer sus calles, éstas han de estar desiertas y en silencio y todos los corianos detrás de los cristales; sólo sigue a los silbos y a las danzarinas, que no pueden parar, pero en cada alféizar y en cada balcón hay ofrendas de comida y pequeños cuencos de agua, para que el jilguerotauro se detenga a picotear y a refrescarse, cosa estimada como una bendición para la casa. Nada con más delicada gracia que la forma en que hunde en el agua sus endebles astas de cañón de pluma y las levanta y sacude para salpicarse el dorso. Tan sólo a la paciencia y a la tenacidad con que el pintor y naturalista coriano José María Jabato se ha dedicado a acecharlo debemos esta única y fiel imagen del jilguerotauro.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO.